Al filo de la banqueta. LAS CALLES SE LLENAN DE MIEDO Y DE SOMBRAS

• La otrora nación donde podía vivirse “el sueño americano” se ha difuminado bajo la política migratoria de Trump y un ICE que ve en cada piel un ilegal que migra para atentar contra la seguridad nacional
🖋 El Poeta del Desastre
Las calles no se vacían porque la gente ya no exista, sino porque ya no se siente protegida. El espacio público deja de ser refugio y se convierte en amenaza, así se siente, se vive, se respira en muchas ciudades de los Estados Unidos.
La otrora nación donde podía vivirse “el sueño americano” se ha difuminado bajo la política migratoria de Trump y un ICE, Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de EE. UU., que ve en cada piel morena, amarilla, clara, un criminal transfronterizo, un ilegal que migra para atentar contra la seguridad nacional.
No hace falta una redada visible para que una ciudad empiece a vaciarse. Basta con el rumor, con la historia que corre de boca en boca, con el mensaje que llega en las sombras, en la obscuridad de la noche.
“Hoy estuvieron ahí”. Desde ese momento, la vida cotidiana cambia; aunque no se vea del todo, de forma casi imperceptible, pero definitiva. Ya no hay refugio donde antes era punto de reunión, no hay seguridad donde antes era luz pública.
En muchas ciudades de Estados Unidos la política migratoria ha dejado de ser un debate legal y se convierte en una experiencia corporal. El miedo no se discute: se siente, se camina, se mide, se esquiva.
Hay quienes ya no toman la misma calle para ir al trabajo, quienes cambiaron sus horarios, antes o después, así la vida; perder un día de salario antes que exponerse. La ciudad sigue siendo la misma, pero el modo de habitarla se transforma; surgen en ellas otras venas más debajo de la piel.
La ausencia en las calles sabe a miedo. No es que la gente desaparezca de golpe. Se repliega. Baja su perfil, aprende a no llamar la atención. Las escuelas reportan ausencias que nadie explica; muchas otras lo intuyen, lo tienen cierto.
Las iglesias tienen bancas vacías. Los estadios y los parques ya no se llenan como antes, el riesgo, llena más que la pasión o las ganas; salir implica meterse a la jaula de los leones. El miedo se volvió una variable más de la rutina cotidiana.
Este cambio de comportamiento no distingue estatus ni trayectorias. La pertenencia deja de ser un hecho y se convierte en una condición frágil, siempre a prueba. La pregunta ya no es “¿a dónde voy?”, sino “¿qué tan seguro es ir?”.
Afecta por igual a quien llegó hace meses y a quien lleva décadas trabajando, pagando impuestos, criando hijos ciudadanos. Siendo estadounidense más que muchos.
Lo más profundo de esta política no está en los números de deportaciones, sino en su efecto social. Cuando una comunidad vive en alerta constante, tensa, incierta, se rompe el tejido que la sostiene. La confianza se erosiona, se pierde.
La convivencia se reduce. La ciudad pierde algo que no aparece en las estadísticas: la vida compartida. Hay comercios que bajan sus cortinas más temprano. Vecinos que dejan de organizar reuniones. Padres que piden a sus hijos no salir solos.
Cada decisión parece pequeña, pero juntas dibujan un mapa distinto del espacio urbano: rutas evitadas, zonas marcadas, horarios de alerta, otros que parecen fantasmas. La ciudad se llena de silencios. Este fenómeno no es nuevo, pero hoy se ha intensificado.
La narrativa política que criminaliza al migrante no solo busca expulsar cuerpos; busca disciplinar conductas. Funciona porque instala la duda permanente: “¿Y si hoy me toca?”. Esa pregunta basta para cambiar una vida.
Paradójicamente, estas ciudades no están vacías. Están llenas de gente que ya no puede vivirlas plenamente. Son ciudades habitadas con cautela, recorridas con miedo, usadas solo lo indispensable. Ciudades donde el futuro se planea a corto plazo.
Cuando el miedo redefine la manera de caminar, de reunirse y de habitar, la ciudad deja de ser un espacio común y se convierte en un territorio de supervivencia. Y en ese tránsito silencioso, no solo pierde quien se esconde: pierde la sociedad entera, aunque tarde en notarlo… Al final, el silencio de las calles no es paz, es síntoma. Una ciudad que se habita a medias es una ciudad que está muriendo por dentro…. y la pelota rueda sin rumbo, sola, tan solo… llena de aire en el vacío del vecindario.






