Al filo de la banqueta. EDUCAR PARA NO OLVIDAR

• México se indigna. México se duele… La muerte de Carlos Manzo no solo revela la fragilidad de la vida pública, sino también el deterioro de los vínculos que sostienen una sociedad
🖋 El Poeta del Desastre
La sabiduría popular nos dice que “después del niño ahogado se tapa el pozo”, o en su caso, “cría cuervos y te sacarán los ojos”, aún más, “el que siembra tormentas cosecha tempestades”, y finalmente también, “tanto va el cántaro al agua hasta que se rompe”, y yendo más allá, “más vale prevenir que lamentar”.
En el fondo, eso es lo que nos grita este nuevo duelo nacional: si dejamos de educar, la violencia educará por nosotros. Válgase decir: educar no sólo es enseñar a leer y escribir; educar es enseñar a sentir, a respetar, a distinguir el bien del mal, aunque el mundo se empeñe en confundirlos.
Y aunque los asesinatos se repiten día con día, hay momentos en que uno de ellos rompe la costra del acostumbramiento y nos sacude de nuevo.
Todo ello tiene hoy lugar, tras el asesinato del presidente municipal de Uruapan, Michoacán, quien ya había advertido y pedido apoyo a las autoridades federales, al denunciar pública y abiertamente acciones del crimen organizado que dañaban la economía, la seguridad y la paz y armonía social en este municipio, conocido también como la capital del oro verde.
¿Por qué? Porque detrás del nombre de Carlos Manzo Rodríguez no solo hay una víctima más: hay, a decir de propios y extraños, de avezados analistas, de la vox populi, un hombre que creía en el diálogo, un académico formado en los valores jesuitas, un político que incomodaba al poder. Formas de pensar diversas, buscando el mismo fin: el bienestar colectivo. Al menos esa es la narrativa hoy.
Más en medio de todo, en el duelo, su esposa, Grecia Quiroz, en un mensaje cuyo su destinatario primero fue el pueblo de Uruapan, las familias que ahí viven, no acusó a nadie, pero sí llamó a todos; entre lágrimas pronunció palabras que han resonado más allá del dolor mismo:
“El día de hoy no mataron al presidente de Uruapan. Mataron al mejor presidente de México. Al único que se atrevió a levantar la voz, a debatir, a hablar con la verdad, sin temor a nada, sin temor a perder su vida, sin temor a dejar a sus hijos huérfanos el día de hoy”.
Nadie sabe lo que va a pasar mañana, pero lo que se ve, se siente, se vive, hoy, cala cuando se va más allá de un discurso político, una narrativa prefabricada. “Eduquen a sus hijos. Ámenlos. Corríjanlos si es necesario. Porque más vale un hijo en la cárcel que un hijo en el cementerio”.
Una verdad que duele: la que nos recuerda que la violencia no comienza en las armas, sino en el abandono; no en el crimen, sino en la indiferencia. La muerte de Carlos Manzo no solo revela la fragilidad de la vida pública, sino también el deterioro de los vínculos que sostienen una sociedad.
Las reacciones furibundas no son solo por un asesinato más. Son el grito de un país agotado. Un país que se mira al espejo y se pregunta: ¿qué hemos hecho -o dejado de hacer- para que cada generación herede más miedo que esperanza?
Pero la responsabilidad no es solo de las familias. El Estado no puede limitarse a lamentar la violencia: debe garantizar la vida, la justicia y la verdad. Debe educar, proteger y ofrecer condiciones de paz y desarrollo reales. No basta con discursos de condolencia cuando lo que se necesita es una política pública de prevención, educación y justicia que funcione. El derecho a vivir sin miedo es una obligación del Estado, no un privilegio de unos cuantos.
La voz de Grecia Quiroz nos obliga a mirar hacia adentro, sí, pero también hacia arriba: hacia las instituciones que juraron defendernos y que tantas veces llegan tarde, o no llegan. Nos recuerda que educar no es imponer, es acompañar. Que amar no es consentir, es guiar. Y que corregir no es castigar, sino proteger del abismo.
Cada niño que hoy crece sin rumbo puede ser mañana víctima o victimario, juez o delincuente, funcionario o ciudadano íntegro. La diferencia está en lo que sembramos día con día: en la palabra que decimos, en la escucha que ofrecemos, en el tiempo que dedicamos.
Educar es el primer acto de justicia social. Es el muro más fuerte contra la violencia, la corrupción y la desesperanza. Y aunque ninguna política pública puede reemplazar el amor de un hogar, ningún hogar puede florecer si el Estado falla en garantizar seguridad, oportunidades y justicia.
Por eso, la reconstrucción del país empieza en lo íntimo, pero también en lo institucional: en las familias, en las escuelas, en los gobiernos que deben enseñar con el ejemplo. Porque si la violencia se enseña por omisión, la paz también puede educarse. Y esa tarea empieza hoy: en cada casa, en cada escuela y, sobre todo, en cada decisión de gobierno que ponga la vida por encima de todo.
En México solemos decir: “Cría cuervos y te sacarán los ojos”. Y aunque parezca un refrán duro, en el fondo encierra una verdad profunda: si dejamos de guiar, de poner límites, de enseñar con ejemplo, la vida -o la violencia- terminarán enseñando por nosotros. Educar, entonces, no es tarea sólo de los maestros o de las familias; es una responsabilidad del Estado y de la sociedad entera.






