Al filo de la banqueta. EL ECO EN LA MONTAÑA: LORENA RAMÍREZ
• Que sea la primera atleta indígena en recibir el Premio Nacional del Deporte habla de la tenacidad rarámuri, sí; pero también de un país que llega tarde, que reconoce con premios lo que no garantiza con derechos
🖋 El Poeta del Desastre
La vida nacional dio un vuelco. La imagen de María Lorena Ramírez Hernández recibiendo el Premio Nacional del Deporte llevó la ceremonia oficial más allá de lo pensado: reconocer a quienes destacan por mérito propio.
La premiación se convirtió en el marco para recordar, en este nuestro país de alto contraste, lo que no hemos querido aún mirar de frente: en la diversidad, celebramos en discursos lo que se desatiende en la vida diaria.
Sí, Lorena es un símbolo, aunque no por propia voluntad. Mujer rarámuri, corre desde siempre; en su comunidad así se vive: con el cuerpo en movimiento y el espíritu atado a la montaña.
Una vez más, hoy el premio recibido la pone en el centro del México que aplaude a las personas indígenas mientras les exige, demuestren, reiteradamente, que merecen estar ahí. Ella lo sabe.
Y lo sabe porque la admiración nacional no borra los siglos de exclusión, ni el premio compensa la carga de todos los días, la estigmatización, la precarización, la vista que reduce a los pueblos originarios al “folclore”.
Tan lo sabe, que hizo lo propio, lo que le sigue siendo pertenencia, raíz, orgullo; nos habló en su lengua, en rarámuri.
Visibilizó el México que existe más allá de los protocolos; el del color de la tierra, el del rumor del mar, el del susurro en la montaña, el del fuego en la hoguera.
El de los rostros morenos y negros ojos, el de la lengua propia y la historia que todos los días reescriben desde la resistencia, la física, como la misma Lorena lo hace en las carreras.
La cultural, no desde el “a pesar de todo”, sino de la fuerza que le da lo que ha decidido preservar.
Corre no porque esté huyendo, sino al contrario, para seguir siendo parte de un mundo que con frecuencia les cierra la puerta a los suyos y a muchos más.
Lorena convive entre dos mundos que no terminan de reconciliarse. El de la mujer “de pies ligeros” que camina con la serenidad de quien sabe leer su tierra en cada paso. El de la globalización, donde es admirada y convertida en ejemplo de una sociedad que celebra su resistencia, pero no siempre reconoce las condiciones que le llevan a desarrollarla.
Que sea la primera atleta indígena en recibir el Premio Nacional del Deporte nos habla a todos, a ella misma.
Habla de la tenacidad rarámuri, sí; pero también de un país que llega tarde, que reconoce con premios lo que no garantiza con derechos, que aplaude la diversidad desde el escenario iluminado del racismo estructural que nos aqueja.
México dio un vuelco el día de la ceremonia porque hubo algo distinto en el ambiente. No por la solemnidad del acto, sino por el eco social que provocó.
Ver a Lorena con su falda tradicional, con sus huaraches gastados, recibiendo uno de los máximos reconocimientos deportivos del país, nos obliga a revisar la manera en que entendemos el éxito, la representación y la pertenencia.
Lorena seguirá corriendo. Lo hace desde antes de que llegaran los reflectores y lo hará aun cuando no haya cámaras.
Ella, Lorena Ramírez, no corre para demostrarle nada al país. Corre porque ese es su lugar en el mundo. Y, al hacerlo, nos confronta con la pregunta que también día a día evitamos: ¿cuándo comenzará México a correr al mismo ritmo que su propia diversidad?
El espíritu corre allá en las montañas, ligero, como lo ha hecho Lorena, como lo han hecho los rarámuri, no solo en Guachochi, en lo agreste de la Sierra Tarahumara.






