Columna invitadaSociedad

La sociedad del descaro

Cuando las normas sociales se debilitan tanto que ya nadie las sigue, se rompe el contrato social y regresamos a la ley de las cavernas: la ley del más fuerte o del más deshonesto


🖋 Verónica Bracho Alburquerque

Se cree que el inicio de año debe ir acompañado de un cambio positivo y de buenos deseos, pero la realidad se empeña en demostrarnos lo contrario.

Esas ideas optimistas no son, desafortunadamente, el común denominador de las personas ni de las empresas en nuestro país. Lo que he vivido en estos pocos días de enero es una muestra clara de una crisis social profunda: el triunfo del abuso sobre la ética.

El abuso económico se ha vuelto un trámite cotidiano. La empresa de internet más conocida de México -aquella de las dos consonantes repetidas- me cobró servicios que jamás solicité. Al detectarlo, su respuesta fue un simple “fue una equivocación”. Para ellos, la estafa se arregla con una disculpa cínica, pero el “jineteo” del dinero de millones de usuarios parece no tener fin.

Esta dinámica se repite en el sistema financiero: si uno llama para una queja, los teléfonos no responden y el trámite es un laberinto diseñado para el cansancio; pero si se trata de vendernos un servicio, la respuesta es inmediata. Incluso en tiendas de supuesto “prestigio”, con lemas como “Otro nivel de compra”, el descaro llega al robo directo: entregan tarjetas electrónicas de devolución vacías y, ante el reclamo, los encargados fingen seguimientos a través de correos que nunca llegan.

Esta falta de responsabilidad no solo es corporativa, es individual. Lo vi en el empleado de la gasolinería que con una actitud de “me vale gorro” rompió el soporte del cofre de mi auto y ni siquiera fue capaz de ofrecer disculpas. Lo viví con un carpintero que, tras llegar tarde y ser confrontado por su impuntualidad, prefirió inventar excusas y “ponerse sus moños” antes que cumplir con su palabra.

La falta de límites alcanzó un punto peligroso cuando una conductora, que circulaba con luces altas ignorando el reglamento, golpeó mi auto al frenar. En lugar de detenerse para hacerse responsable, simplemente huyó. En la papelería, la falta de amabilidad es la regla: personas que exigen ser atendidas saltándose el turno de quienes llegaron antes. Nadie quiere esperar, nadie quiere respetar, nadie quiere responder.

Incluso en el refugio de las redes sociales, la infamia y la majadería se disfrazan de “memes” o “caricatura política”. Bajo el escudo de una libertad de expresión malentendida, no se informa ni se denuncia; se crean mentiras para ridiculizar y, paradójicamente, se exalta la figura del tirano.

Todo este comportamiento -donde se puede difamar, incumplir y dañar sin consecuencias- tiene una explicación sociológica: la anomia. Como explicaba Émile Durkheim, esto ocurre cuando las normas sociales se debilitan tanto que ya nadie las sigue. Al no existir límites claros, se rompe el contrato social y regresamos a la ley de las cavernas: la ley del más fuerte o del más deshonesto.

Vivimos en la “modernidad líquida” que describió Zygmunt Bauman. En este sistema, el éxito se mide solo por la acumulación inmediata y el abuso económico se disfraza de “oportunidad de mercado”. El otro deja de ser una persona para convertirse en una cifra. Hemos normalizado frases como “si nadie me castiga, el límite no existe” o “así son las cosas, tú no vas a cambiar el mundo”.

¿Hacia dónde vamos?

Si analizamos esta microsociedad de abusos cotidianos y la comparamos con la macrosociedad mundial -donde hay instituciones de adorno y dictadores pisoteando países sin castigo-, el panorama es desolador.

Estamos construyendo una cultura donde nadie confía en nadie y se vive siempre a la defensiva. Si no recuperamos la responsabilidad individual y la exigencia de consecuencias ante el abuso, el “descaro” terminará por devorar lo poco que queda de nuestra convivencia social. 

Hasta la próxima y espero tener mejores días.

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