Al filo de la banqueta. LA BANDERA DE LUFFY Y EL ROBO DE LA FRESCURA
• De un Baby Boomer a su nieto Gen Z. Porque siempre saboteamos y les robamos la frescura a las juventudes
🖋 El Poeta del Desastre
De la Generación Baby Boomer a la Generación Z, la historia se repite: cada vez que los jóvenes alzan la voz, el poder -político, económico o mediático- intenta apropiarse de su fuerza, traducir su lenguaje, vestir sus símbolos y ponerle rumbo a lo que nació libre. Así nos pasó también.
El más reciente ejemplo ocurre en México, tras el asesinato del presidente municipal de Uruapan, Michoacán. La indignación juvenil se expresó con fuerza en redes sociales. Pero, más temprano que tarde, aparecieron los próceres de la democracia, y con ellos los intentos por canalizar esa rabia hacia una marcha convocada para el 15 de noviembre.
Lo que parecía una expresión genuina de dolor y protesta fue señalado, incluso por los propios Gen Z, como cooptado por grupos de ultraderecha.
En una crónica periodística se advierte que la fecha podría convertirse en “una estación más en una ruta de provocación y violencia programada”, que buscaría exacerbar los ánimos de los jóvenes, en particular de estudiantes, bajo la bandera de la “Generación Z” y el personaje de One Piece, Luffy. Incluso, se señala el riesgo de intentos por ingresar a Palacio Nacional o provocar disturbios.
Frente a ello, muchos jóvenes se deslindaron. Afirmaron que su enojo es real, pero no está al servicio de ninguna ideología ni grupo político. Su lenguaje no está en los discursos partidistas, sino en los símbolos que eligen. Esta vez, potaron por la bandera de Luffy, el protagonista del manga One Piece: un pirata que desafía la autoridad, que navega sin amo y que cree en la libertad y la justicia a su manera.
Esa imagen -un sombrero de paja ondeando frente al poder- resume algo profundo: la juventud busca su propio rumbo, sin manipulaciones. Pero la historia también nos advierte: cada generación que despierta corre el riesgo de ser absorbida, traducida o traicionada por quienes no soportan su frescura.
Porque cada vez que un símbolo nace desde abajo -desde las redes, las calles o la rabia compartida- alguien intenta cooptarlo, etiquetarlo o dirigirlo.
Y es ahí donde, una vez más, los adultos saboteamos la autenticidad de los más jóvenes.
Y su bandera -aunque venga de un manga- ondea por lo mismo que siempre ha movido a los jóvenes: la necesidad de ser escuchados sin ser usados.
A saber, así sentimos muchos de nosotros, los abuelos que compartimos causas con nuestros nietos.
A la Generación Boomer en México nos prometieron progreso, desarrollo, estabilidad. El famoso “milagro mexicano” nos dijo que estudiar era suficiente, que trabajar duro bastaba para tener casa, familia y futuro. Nada cierto. El sistema nos robó el sueño del progreso compartido.
Vimos que el poder se heredaba —no para nosotros, sino entre la clase gobernante—; que el trabajo no bastaba porque el salario se precarizó; que hablar distinto era peligroso; que la corrupción se volvió rutina. Nos robaron la inocencia cuando entendimos que la justicia no era igual para todos.
Aun así, resistimos: en el 68 gritamos ¡Libertad!; en el 85 nos levantamos entre los escombros; y en el 94 nos amanecimos en las montañas del sureste mexicano.
Sí, horadamos el muro del sistema, abrimos grietas por donde hoy pasa la luz que ilumina el sombrero del pirata Luffy.
Hoy, como ayer, se vuelven a robar la frescura de las juventudes.
Pero deben saber que, esta vez, muchos de nosotros estamos más cerca de nuestros nietos.






