De Michoacán a Japón, todo tiene que ver

PONGAMOS TODO EN PERSPECTIVA. Mientras tratamos de procesar lo de Michoacán, del otro lado del mundo, en Japón, otro varón entró a un espacio pensado para la familia, un Pókemon Center, una tienda, y le arrebató la vida a una mujer
🖋 Carlos Villalobos
A pesar de las montañas de noticias, notas, columnas de opinión y en general de contenido que consumo día con día, tengo un par de días donde me han despertado un par de noticias que me han paralizado y que temo que ante la rapidez del contexto se pierdan hasta el siguiente incidente, sin tomarnos un momento para reflexionar con lo que está pasando.
Pienso, por ejemplo, en lo ocurrido en Michoacán, donde un adolescente les quitó la vida a sus maestras fuera de un entorno violento de confrontación y donde, en teoría, el diálogo y el conocimiento debe prevalecer, es decir, una escuela. Un espacio que, al menos en teoría, construimos como sociedad para ser nuestro refugio, para formarnos.
En este punto es fundamental que no nos engañemos pensando que fue un arrebato sin contexto. Hubo señales, había un discurso aprendido, había un consumo voraz de contenido e ideas de internet que no brotan de la nada.
Aquí es donde quiero invitarles a incomodarnos juntos.
El lenguaje que se ha propagado en grupos incels, red pills y las narrativas de la llamada “machosfera” llevan mucho tiempo circulando frente a nuestras narices, a veces disfrazadas de “opiniones incorrectas” o de “las verdades que nadie te quiere decir”. Sin embargo, en el fondo no es más que un profundo resentimiento convertido en identidad, buscando ser validado por una comunidad virtual ante el gigantesco vacío de una comunidad real.
Sabemos que no todos los que consumen este contenido van a lastimar a alguien. Pero, ¿hasta cuándo vamos a seguir fingiendo que no pasa nada?, ¿que “es solo internet”?, ¿que es solo contenido inofensivo? No lo es.
Mientras tratamos de procesar lo de Michoacán, del otro lado del mundo, en Japón, otro varón entró a un espacio pensado para la familia, un Pókemon Center, una tienda, y le arrebató la vida a una mujer. Otro lugar que representa la antítesis de la violencia convertido en su escenario. Sin previo aviso, sin lógica aparente. Podríamos consolarnos diciendo que son casos aislados, geografías distintas, motivos distintos, pero no lo son tanto.
El punto que los une es una violencia silenciosa, gestada en la cotidianidad que ya no necesita grandes estructuras criminales para estallar. Una violencia que se nutre en espacios constantes, justo en la palma de nuestra mano.
En paralelo, casi como si estuviéramos leyendo otra sección del periódico, vemos los juicios contra Meta y Google por el daño sistemático a la salud mental de los menores. En este punto es donde todo empieza a cobrar sentido, ya que estas plataformas no son canales neutrales (aunque se nos ha repetido hasta el cansancio), son entornos diseñados milimétricamente para generar dependencia, empujando contenido cada vez más extremo porque, tristemente, el morbo y el enojo rentabilizan mejor que la certeza, la paciencia o la tranquilidad.
Cuando alguien entra ahí lleno de frustración, enojo o soledad, el algoritmo no lo abraza para sacarlo del hoyo; a menudo le da una pala para cavar más profundo y moldear su percepción del mundo.
Como alguien que cree profundamente en la urgencia de hablar de salud mental, lo digo fuerte y claro, sí, hay una enorme responsabilidad del Estado. En los sistemas educativos que no alcanzan, en las instituciones que llegan tarde o de plano no llegan. Sí, también hay una inmensa responsabilidad social en nuestra apatía, en lo que dejamos pasar en la mesa del comedor como si fuera un chiste menor.
Pero hay una línea que no podemos negociar. Nada de eso justifica la violencia: ni el abandono, ni la tristeza, ni el sentirse fuera de lugar. Nada convierte el odio en algo válido cuando se traduce en daño real a un tercero.
Vale la pena que nos incomodemos un poco más, porque mientras haya quienes sigan viendo la radicalización digital de la “machosfera” como “posturas exageradas” de adolescentes, la línea que separa la pantalla de la realidad se hará cada vez más borrosa, más cruzable.
Mientras tanto, todo sigue avanzando a un ritmo vertiginoso; la tecnología, los algoritmos, la forma fragmentada en la que consumimos el dolor ajeno. El riesgo real no es solo la tecnología en sí, sino llegar al punto en el que la violencia deje de sorprendernos, que estemos completamente anestesiados frente al dolor ajeno.
Ese es el punto donde realmente deberíamos estar aterrorizados. ¿Qué estamos haciendo, desde nuestro metro cuadrado, para no perder nuestra humanidad?






