Columna invitadaSociedad

Diosidencias en el amor. Rosy Guerrero y Alex Canales

En el gran libro de la vida, algunas historias solo necesitan un expediente “equivocado” y un corazón que sepa esperar para encontrar su final feliz


🖋 Verónica Bracho Alburquerque

En este mes del amor y la amistad quiero compartirles una bella historia de amor en la que los protagonistas son una pareja de vecinos de la CDMX que hoy residen en Pachuca, Hidalgo. La historia nos muestra que la vida está llena de casualidades, coincidencias e incluso “diosidencias”. He aquí el relato:

EL FLECHAZO EN LA PARROQUIA DE SAN BERNABÉ

A mediados de la década de los 60, en la iglesia de San Bernabé de la delegación Azcapotzalco el destino comenzó a tejer un hilo invisible. Allí, un joven monaguillo llamado Alejandro Canales Patiño y una integrante del coro “Renacimiento”, Rosa Guerrero Canseco, cruzaron sus miradas por primera vez.

Apenas tenían entre 12 y 13 años, pero Alex lo supo de inmediato al verla cantando en el coro: “Qué niña tan bonita, cómo me gustaría casarme con ella”. Rosy también lo notó; Alex era un niño apuesto que, junto con su hermano gemelo, destacaban por ser traviesos y guapos.

UN AMOR INTERRUMPIDO Y UN PAR DE ARETES

Al cumplir los 17 años, su amistad floreció en un breve romance de juventud que duró apenas cuatro meses. La estricta disciplina de los padres de Rosy y el ingreso de Alex a la preparatoria terminaron por separar sus caminos.

Sin embargo, antes del adiós ocurrió un evento que marcaría su futuro. Durante su única salida al cine -a ver la película La Pasión de Cristo-, Rosy se quitó unos aretes que le molestaban y se los entregó a Alex para que los guardara. Él los puso en su bolsillo, sin imaginar que se convertirían en el amuleto de una espera de veintitrés años.

LA FE Y LA MISMA CALLE

El tiempo pasó. Alex guardó aquellos aretes en un casillero y, aunque intentó rehacer su vida, el recuerdo de Rosy permanecía intacto. En una ocasión que hacía limpieza en su casillero, volvió a ver los aretes y se dijo a sí mismo: para qué guardarlos si no la volveré a ver, y los tiró a la basura, pero después reflexionó y consideró que era una forma muy dramática de pensar y recogió los aretes de la basura y los volvió a guardar. Y sorpresas del destino, a los pocos meses ¡la volvió a ver!

Mientras tanto, Rosy se había convertido en contadora y era madre de una niña llamada Diana. Su oficina se encontraba en la calle de Bolívar, la misma calle donde Alex trabajaba en un banco. Sin saber que estaban a metros de distancia, Rosy visitaba con frecuencia la Iglesia de los Banqueros, donde elevaba una oración: “Tú sabes lo que yo necesito, si hay alguien para mí, acércamelo, y si no es así, dame la paz en mi corazón”.

EL MILAGRO DE VOLVERSE A VER Y LA “DIOSIDENCIA” DEL EXPEDIENTE EQUIVOCADO

Lo que parecía una imposibilidad en una era sin redes sociales y con millones de personas que viven en la Ciudad de México, se convirtió en realidad gracias a esa “diosidencia” que Rosy tanto pedía.

El destino intervino de manera perfecta a finales de 2001. El 28 de diciembre -un año difícil para Rosy debido a la enfermedad de sus padres-, mientras ella ayudaba a una amiga con asuntos contables, recibió una llamada inesperada: era Alex.

La forma en que se reencontraron fue casi increíble. En el banco donde Alex trabajaba le entregaron un expediente por error. En lugar de recibir los documentos de un tal “Erick Guerrero”, llegó a sus manos el expediente de Rosy Guerrero.  Aquel error administrativo los reencontró.

UN DESEO CUMPLIDO

En los primeros días de enero de 2002, los antiguos jóvenes de la parroquia de San Bernabé se reunieron para comer. La conexión fue tan inmediata y profunda que, apenas tres meses después, el 7 de marzo, como la canción de Mecano, decidieron unir sus vidas en matrimonio.

La boda estuvo a punto de suspenderse debido al fallecimiento del padre de Alejandro; sin embargo, la familia insistió en seguir adelante. Sabían que el mayor deseo del padre de Alex era verlo finalmente casado con la mujer que siempre fue el gran amor de su vida.

EL REGRESO DE LOS ARETES

El clímax de esta historia de fe ocurrió durante la ceremonia religiosa el 1 de marzo de 2003.  Alex, cumpliendo con la custodia que había iniciado a los 17 años en aquel cine, le entregó a Rosy sus aretes acompañados de una placa con una inscripción que resumía su historia: “Propiedad de Rosa Guerrero en custodia de Alejandro Canales”.

Hoy, desde su hogar en Pachuca, Hidalgo, Alex y Rosy son el testimonio vivo de que existen las casualidades. En el gran libro de la vida, algunas historias solo necesitan un expediente “equivocado” y un corazón que sepa esperar -28 años, desde los 12 años que fue cuando la vio por vez primera- para encontrar su final feliz.

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