No se puede querer lo que no se conoce. En Hidalgo, su gente es la magia de sus pueblos

• Esta mujer ha sido paseante y guía de turistas, viajera y empresaria, anfitriona y emprendedora… Es Elizabeth Quintanar Gómez, la nueva secretaria de Turismo en el estado
Francisco Acosta V.
La escucho, suena alegre, apasionada acaso igual que hace un cuarto de siglo, 25 años, cuando sus pasos la llevaron a Omitlán, la escuela donde inició la profesionalización de su pasión: Hidalgo, sus bellezas naturales y las hechas por el hombre, sus mujeres y sus hombres, las niñas y los niños, las jovencitas y los muchachos, la sabiduría de nuestros antecesores, el alma de su pueblo que es el nuestro. Ese que miran desde siempre sus negros ojos.
En ese andar, me recuerdo y camino por en medio del Real, que mágico ha sido desde siempre; voy entre sus casas de techos de dos aguas, colorados; me detengo en su monumento del minero, cómo no habría de tener uno, si en estas tierras casi cada casa tuvo el suyo. Atrasito de él, su mercado, una edificación muy peculiar, otrora taller de la compañía minera. ¡Ah! cómo me recuerda el de Maestranza en Pachuca, igual el del taller allá en el ferrocarril; de dos aguas, coronando en forma de trapecio un efectivo sistema de ventilación a base de rejillas.
Más allá, el cura Hidalgo, a un ladito del Santo Señor de Tezoantla, patrono indiscutible, como lo es también la Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, conocida también como Templo del Rosario. Una fuente frente a ella, de la que te puedes olvidar si tiene alguna escultura en su remate, pero no de sus tortugas que alrededor, como lengua, dejan salir un chorro de agua que alimenta el estanque.
Menudita, “fuerte como un gorrión” dice la canción de Serrat, se escucha animada, comprometida como siempre, acaso hoy más que antes, todavía muchos más que cuando universitaria fue; desde las canas que empiezan a platear la negra cabellera; habla del estado, respira hondo y rememora, afirma con certeza: antes que otra cosa, la gente; la población que vive ahí, en los lugares a los que invita: manos curtidas por el barro, el cincel que da formas a la dura roca, las fuertes de tanto tejer la vida en palma, en bejuco; las que cortan el carrizo, las que tallan la madera, las que pulen el metal, las que todavía labran las tierras.
La imagino sonriente, también ilusionada, ir y venir en esa plática fluida que va de su tierra de adopción, el pueblo más mágico de los pueblos mágicos, nos dice, Mineral del Chico, a la exuberante Huasteca, al barro, pero también a los muebles de madera y a los bocoles y las enchiladas, al zacahuil, al chocolate, y también al aguardiente, al café.
Con la experiencia ganada, la que le da hoy ser madre, esposa; la aprendida en los congresos, las reuniones con los guías, de la anfitrionía y atención desde el negocio propio, en la casa de sus padres, conversa con las mujeres, muchas, recias, trabajadoras y les aprende más a las que encienden el fogón, a las que guardan compartiéndolos los secretos de la abuela, de la madre, de la tía, la herencia gastronómica, la que se nutre de la fauna y la flora desde hace mucho, las de la magia y el sabor de la mesa a la que invitan.
Ahí está, y está también en la capital, dando vueltas por los sitios de interés, por los callejones de los barrios contándonos historias, mitos y leyendas; al pie del reloj o en la torre misma atendiendo al propio, al visitante, al turista y al viajero. La veo dando todo de sí vistiendo un níveo percal bordado en azul, en rosa, en amarillo, en naranja y en café, en flores de pétalos grande anchos. Entonces rememoro la Huasteca y me da mayor querencia por mi “Bella Airosa”.
No sólo ha estado en las aulas, en los restaurantes y servicios de guías y turistas donde ha forjado una carrera, un nombre, una profesión; en su hablar nos lleva de la mano entre cerros y neblina, y nos invita un trabuco, un tamal relleno de cacahuate molido; un cafecito serrano mientras nos muestra la magia multicolor de los Tenangos.
Nos lleva con el pueblo, ese del que todos somos parte, porque parte de él son las mujeres que plasman sueños, tradición, cultura, la vida hilada en bellos cuadros, en vivos colores, en escenas que se antojan mitológicas: pájaros, ardillas, armadillos. De la mano nos lleva, como de la mano debemos caminar todos, juntos, para entonces sí hacer de Hidalgo, nuestro pueblo, una potencia en turismo, no hay más. Agencias, prestadores de servicios, artesanos, tejedoras, el de los sombreros de palma, quien prepara antojitos mexicanos, platillos regionales, el que guía, el que viene a caminar, a conocer, a degustar.

Nos habla de reuniones con empresarios, allá en la región de los Atlantes, lo mismo en el Valle del Mezquital, donde también hay artesanas, artesanos, palma y carrizo nos ha dicho, tule, los telares de cintura, los rebozos, las blusas, los sombreros; donde rifan los tlacoyos, y también la barbacoa. De aquellos que tienen también el derecho de gozar de las bellezas todas, como ese sendero allá en la Peña del Cuervo, donde grupos vulnerables pueden ascender casi a las nubes.
En su nuevo compromiso, el de ser autoridad en el Turismo, nos lleva a la región de Tulancingo y poquito más allá, al acachul y las frutas en conserva, a los vinos de sabores, al rico frío amanecer de una región que tienes bosques y lagunas, pueblos ancestrales; a esos espacios que en el valle todavía albergan muchos de otros tantos establos que hacen de la leche quesos, crema, mantequillas; cómo no hablar de los ricos “guajolotes”.
Sí, pasó hace mucho y siempre vuelve a Omitlán y su Piedra del Comal, a ese pueblo que no sé por qué me recuerda esa fruta singular que es el tejocote: las enchiladas mineras, el beisbol. Por el rumbo está el primer pueblo mágico de nuestro estado, Huasca, y el antojo siempre por un caldo de alverjones, un paseo por su centro empedrado, unas gordas de picadillo, un caldo de hongo. Una caminata por el bosque de Las Truchas, un rato remando en lancha, una aventura en tirolesa, una cabaña con su chimenea.
No menos apasionada que hace un rato, esta mujer, que ha sido paseante y guía de turistas, viajera y empresaria, anfitriona y emprendedora, sabe también del Altiplano y los valles centrales, de haciendas y de pulque, de gusanos de maguey y chinicuiles, de cocoles con nata, de pan tradicional, que todo cabe en un jarrito como dice el dicho popular. Es Elizabeth Quintanar Gómez, la nueva secretaria de Turismo en el estado.
Ella sabe que de Huejutla y San Felipe a Tizayuca y Acaxochitlán, de Nopala a San Bartolo Tutotepec, hasta Huichapan, Acatlán, Meztitlán; Atotonilco y Zempoala, en la Sierra Gorda y Zimapán, en la Sierra Alta, en Atezca y Zacualtipán, en cada municipio que suman 84, hay tela de dónde cortar.
Con la sonrisa siempre a flor, es Liz Quintanar, como a ella se le conoce, como le gusta que le llamen, es el amor por aquello que conoce, por la gente hoy, que mañana nos hablará de otros tantos atractivos naturales y otros que ha levantado el hombre, porque esta vez y siempre en Hidalgo, primero el pueblo.






