Soberanía sin capacidad, es ficción

• Sin acuerdos globales, una política de defensa, energía, recursos estratégicos, capital, talento, instituciones eficaces y sin una democracia funcional, la soberanía es retórica y simbología
🖋 José Luis Guevara
En estos tiempos convulsos, el que un jefe de Estado se enfrente con Sansón a las patadas sin tener verdaderas capacidades para hacerlo conlleva el riesgo de un día estar declarando en un discurso “Venga por mí, voy a estar aquí en Miraflores… no llegues tarde” y al otro encontrarse deseándole happy new year a los guardias de la prisión neoyorquina que será su nuevo hogar, mientras un hegemón dicta el destino de la nación que pensaba estaba destinado a gobernar hasta el último día de su existencia.
Y es que siempre ha sido sencillo hablar de soberanía. La palabra se dice con facilidad, como si bastara nombrarla para que exista. La cuestión es que en el nuevo orden mundial ese nominalismo ya no alcanza. Hoy, la soberanía no se presume: se mide y se demuestra. Y cuando no existen las capacidades para sostenerla, la soberanía, aunque permanezca en el discurso, se esfuma en la realidad.
Esto es lo que expone Mark Carney, primer ministro de Canadá, en el discurso que dictó el 20 de enero en Davos, sobre cómo cree que su país debe navegar por las aguas turbulentas del nuevo orden mundial -al igual que otras potencias intermedias-. Sin proponérselo, el economista terminó definiendo el concepto de soberanía mejor que muchos teóricos del Estado. No habla de abstracciones jurídicas, del deber ser; habla de capacidades reales, del ser. De aquello que permite a un país decidir, resistir presiones externas y actuar conforme a sus propios intereses: ser soberano.
De acuerdo con Carney, Canadá tiene lo que el mundo quiere. No como eslogan, sino como diagnóstico estratégico. El político enumera sus ventajas: Canadá tiene grandes acuerdos comerciales y está trabajando en construir nuevos, ha duplicado su gasto en defensa; es una superpotencia energética, posee vastas reservas de minerales críticos, tiene la población más educada del mundo; administra algunos de los fondos de pensiones más grandes y sofisticados del planeta, y cuenta con un gobierno con capacidad fiscal para actuar con decisión. En otras palabras, Canadá tiene recursos, talento y un Estado democrático. Eso es soberanía en términos materiales.
La energía ocupa un lugar central en su argumento. Un país que no la controla no decide libremente su política exterior, su estrategia industrial, ni su margen de negociación. El primer ministro entiende con claridad que la soberanía comienza por la capacidad de sostenerse a uno mismo en un entorno volátil.
Lo mismo ocurre con los minerales críticos. En el mundo actual, estos recursos no son secundarios, son insumos estratégicos para la transición energética, la defensa y la tecnología. Al mencionar que Canadá los posee, Mark Carney está afirmando que hay soberanía cuando un país no depende preponderantemente de otros para acceder a los materiales que definen el futuro.
Pero el canadiense no se detiene en los acuerdos comerciales, la defensa o los recursos naturales. Introduce otros elementos que considera vitales en el nuevo orden mundial. El capital es uno de ellos. No cualquier capital, sino el institucional y de largo plazo. Los fondos de pensiones canadienses son actores globales capaces de invertir e impulsar proyectos estratégicos dentro y fuera de su país. Sin esa capacidad financiera, la soberanía queda subordinada a quien posee el dinero.
A esto le suma el talento humano. Carney dice que Canadá cuenta con la población más educada del mundo. No lo enfoca solo como el logro social que es, sino como una ventaja estratégica. Sin capital humano para innovar y adaptarse, la soberanía se vuelve frágil. Sin educación y capacidad técnica la soberanía termina siendo dependencia.
Otro elemento clave para el premier canadiense es un Estado fuerte, con margen fiscal, credibilidad y capacidad de acción. En su discurso queda claro que la soberanía no existe si el gobierno carece de elementos para responder a las crisis, invertir cuando es necesario o sostener decisiones a veces impopulares pero necesarias. La soberanía también es capacidad de actuar a tiempo.
Aquí es donde Carney incorpora un elemento decisivo que suele subestimarse en muchos países: la democracia funcional. Afirma que Canadá es una sociedad pluralista que funciona. Dice que su espacio público es “ruidoso, diverso y libre”. En el mundo actual, la democracia no es solo un valor moral o decorativo, es una infraestructura política, un activo. Sin legitimidad democrática, incluso los Estados que tienen recursos terminan paralizados. La legitimidad política permite amortiguar conflictos internos y externos sin ruptura, corregir errores sin colapsar y sostener políticas de largo plazo sin tener que recurrir a la coerción permanente o a la polarización.
La democracia, en el planteamiento del primer ministro, también es una fuente de estabilidad. Un país democrático y predecible genera confianza, atrae capital, construye alianzas duraderas y reduce el riesgo político y legal. En un sistema internacional marcado por la desconfianza y la volatilidad, esa estabilidad se convierte en un valor diferencial, porque no todos los países pueden ofrecerla. Sin decirlo, sugiere que la soberanía también se sostiene en la capacidad de gobernar, pero con consentimiento.
Finalmente, Mark Carney introduce un atributo que parece obvio, pero no lo es: el reconocimiento del momento histórico a través de un “realismo basado en valores” y la convicción de actuar en consecuencia. Canadá, según su líder, sabe dónde está parado y está dispuesto a actuar.
El mensaje es claro: en el nuevo orden mundial la soberanía no es más un derecho automático del Estado moderno. Es una condición que se gana o se pierde. Quienes confunden soberanía con discurso terminan dependiendo de otros. Porque sin acuerdos globales, una política de defensa, energía, recursos estratégicos, capital, talento, instituciones eficaces y sin una democracia funcional que sostenga el poder, la soberanía no es más que retórica y simbología. Soberanía sin capacidad, es ficción.






