Columna invitada

Irán, en el centro de un incendio regional

La nueva guerra y la confirmación de la muerte de Alí Jameneí llegan en un momento delicado, en el que cualquier chispa parece suficiente para encender la región


🖋 José Luis Guevara

Irán no explica por sí mismo todos los problemas de Medio Oriente, pero es difícil entender lo que ocurre en esa región sin observarlo primero no como el único culpable de un incendio regional que no tiene un solo origen, sino como un jugador central en un sistema de estados frágiles que lleva décadas acumulando conflictos sin resolver, malas decisiones y promesas de estabilidad que nunca se han cumplido. Es, al mismo tiempo, parte del problema y producto del desorden regional, donde casi siempre paga el precio la población civil.

La nueva guerra y la confirmación de la muerte de su Líder Supremo, Alí Jameneí, a los 86 años, luego de tres décadas al frente de la República Islámica, no apagan ese incendio. Llegan, más bien, en uno de sus momentos más delicados, cuando la región ya está muy tensionada y cualquier chispa parece suficiente para encenderlo aún más.

Irán no es un país árabe ni pertenece al mundo suní; es persa, chií y heredero de una tradición milenaria. En 1979, para librarse de la férrea dictadura de Mohammad Reza Pahlavi, el último Sha —impuesto por occidente en 1941—, los iraníes hicieron una revolución y construyeron un Estado teocrático, con elecciones y parlamento, pero bajo la autoridad final del Líder Supremo. Ese sistema particular y autoritario le ha permitido al régimen, durante más de cuarenta años, ser resiliente al aislamiento internacional, las presiones externas y las sanciones.

Desde inicios de este siglo, Irán vivió diversas oleadas de protesta social —todas, bajo el duro yugo de Jameneí—. El Movimiento Verde de 2009, las protestas económicas de 2017 y 2019, la indignación tras la muerte de Mahsa Amini en 2022 y las movilizaciones de 2025 y 2026 muestran que amplios sectores de la población ya no se sienten representados por el proyecto revolucionario. La respuesta del Estado ha sido casi siempre la misma: represión y violencia institucional.

Hoy en día, la creciente visibilidad del hijo del Sha y de otras figuras opositoras en el exilio añade presión al régimen, sin traducirse por ahora en una alternativa política clara. Para muchos iraníes, el futuro sigue siendo una interrogante, más aún luego de la muerte de Jameneí.

Ese es el primer frente del incendio: el interno. En el que la incertidumbre continúa.

El segundo frente es el regional. Irán se convirtió en el principal referente de la rama chií del islam, a la que pertenecen 15% de los musulmanes, frente al 85% que es parte de la rama suní. Pero sería erróneo pensar que esa rivalidad es solo una cuestión religiosa. En realidad, se trata de poder, influencia y seguridad nacional. Arabia Saudita y otras monarquías suníes del Golfo Pérsico ven en Irán no solo una diferencia ideológica, sino un rival directo por el liderazgo regional, con consecuencias que se sienten mucho más allá de sus propias capitales.

Tal es el caso del Levante, en donde esa competencia se manifiesta con claridad. En Siria, el apoyo iraní fue clave para que el régimen sobreviviera a la guerra civil. En el Líbano, Hezbolá, aliado de Teherán, mantiene una tensión constante con Israel, que en las últimas horas del primero de marzo se tradujo en cruce de ataques armados. En Gaza, la cruenta guerra reactivada tras los ataques terroristas del 7 de octubre de 2023 volvió a conectar la causa palestina con una dinámica regional que es un rompecabezas de conflictos, donde Irán no siempre está al frente, pero casi nunca está ausente.

Lo mismo sucede en el Mar Rojo, en donde los ataques de los hutíes —también chiíes y aliados de Irán— afectan rutas comerciales clave. En Irak, milicias cercanas a Teherán chocan con intereses estadounidenses. En la frontera entre Afganistán y Pakistán, los recientes enfrentamientos ponen de manifiesto lo rápido que la violencia puede contagiarse de un punto a otro en la región.

Pero la apuesta de Teherán de extender su influencia a través de aliados y grupos afines, evitando una guerra abierta con las grandes potencias militares, ya se agotó. Los ataques israelíes en Siria; los bombardeos estadounidenses de 2025 contra objetivos iraníes y, particularmente, la guerra que inició apenas el 28 de febrero, marcan un antes y un después.

El tercer frente del incendio es el programa nuclear iraní, que sigue siendo uno de los puntos más sensibles y es uno de los objetivos expresos de la reciente escalada bélica. Teherán defiende su derecho a contar con un programa que tenga fines exclusivamente civiles; pero occidente teme que el mismo sea utilizado para desarrollar capacidad militar nuclear. Un riesgo existencial para Israel que ni Jerusalén ni Washington están dispuestos a aceptar.

El acuerdo firmado en 2015 intentó poner límites claros. La salida de Estados Unidos en 2018 reactivó sanciones y desconfianza. Desde entonces, el programa nuclear es, al mismo tiempo, una herramienta de presión para Irán y una línea roja para Washington e Israel.

Derribar al régimen —otro de los objetivos declarados de la actual guerra—, no garantiza construir un orden mejor. Y la historia reciente debería servir de advertencia. Irak y Afganistán son ejemplos difíciles de olvidar. En Irak, la caída de Saddam Hussein abrió una etapa de caos que aún pesa sobre la vida cotidiana de millones de personas. Afganistán mostró durante veinte años los verdaderos límites de la intervención externa. Detrás de esa permanente tensión hay algo más simple y más humano: el miedo mutuo a perder el control. Cada escalada aumenta la posibilidad de desestabilizar no solo a Irán, sino a toda la región. Para bien y para mal, Irán no es ninguno de esos casos: es más grande, más sólido institucionalmente y con mayor influencia regional. Pero, un colapso o una desestabilización fuera de control tendría efectos en cadena en Oriente Medio, Asia Central y quizá más allá.

Durante décadas, distintas manos internas y externas han creído posible avivar el incendio en Medio Oriente sin quemarse, asumiendo que el fuego podía controlarse y que las llamas respetarían límites. La experiencia demuestra lo contrario. Cuando el fuego se sale de control, no distingue entre la casa ajena y la casa propia. Esperemos que eso no suceda.

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