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La Maestranza

Después de que en 2019 existió un fuerte proyecto para sepultar la historia de este emblemático inmueble de Pachuca, su rescate parece haber encontrado un nuevo cauce impulsado por dos grandes frentes


🖋 Eduardo Iturbe

La memoria minera de Pachuca suele contarse en dos tiempos principales: el esplendor colonial trazado por la presencia española y la imborrable impronta industrial de los ingleses en el siglo XIX.

Sin embargo, existe un capítulo fundamental que con frecuencia queda relegado a las márgenes del relato: la llegada de los norteamericanos. Fueron ellos quienes, a principios del siglo XX y con particular fuerza durante y después de la Revolución Mexicana, apostaron por la empresa minera de nuestro estado, trayendo consigo procesos industriales, capitales de riesgo y una visión fabril de alta eficiencia que transformó por completo la dinámica de la región. Es precisamente en la cúspide de este despliegue técnico y financiero donde nace La Maestranza.

Catalogada hoy como patrimonio cultural e industrial de Pachuca, “La Maestranza” fue, sin duda alguna, un baluarte de singular importancia para la vida económica tanto de esta capital como de todo el estado de Hidalgo. Las monumentales instalaciones, construidas en 1906 por la United States Smelting, Refining and Mining Company (USSR&MC), no solo resultaron fundamentales para la fabricación de herramientas de excepcional calidad, sino que se erigieron como el motor formativo de generaciones de técnicos especializados.

Mecánicos, fundidores, torneros, herreros y freseros encontraron en sus naves de acero y mampostería una auténtica escuela, constituyéndose en la médula del desarrollo minero de la entidad.

La magnitud de este emblemático lugar, que abarca una extensión cercana a las seis hectáreas, trascendió rápidamente el ámbito meramente local. Para la década de 1920, el complejo era reconocido a nivel nacional como la sede de los mejores talleres de reparación de todo México. Su poderío operativo llegó al extremo de contar con sus propias locomotoras y vagones, garantizando de esa manera el abasto ininterrumpido de materiales incluso durante los años más convulsos de la Revolución Mexicana, cuando el servicio ferroviario del país colapsó.

Como un eco peculiar de esa maquinaria incesante, la memoria popular resguarda que, en 1924, llegó a la compañía una flota de diez imponentes camiones Mack Trucks, vehículos veteranos utilizados durante la Primera Guerra Mundial. Su paso pesado y ruidoso por las calles de Pachuca para trasladar materiales de La Maestranza se convirtió en una estampa habitual para la población. Debido al característico color verde con el que estaban pintados y a la robusta fisonomía de su frente, los pachuqueños no tardaron en bautizarlos cariñosamente como las “Cotorras”.

El tiempo y la política trajeron nuevos vientos. En 1947, la USSR&MC vendió todas sus propiedades y enseres al gobierno federal, una operación concretada a través de Nacional Financiera. Como resultado de esta transición, nueve años después, en 1956, se formó la paraestatal Compañía Real del Monte y Pachuca, reactivando la adquisición y explotación de lotes mineros. A lo largo de esta etapa posrevolucionaria, la historia de la ciudad permaneció fuertemente ligada a las entrañas de la tierra, haciendo que las operaciones de La Maestranza oscilaran constantemente entre la decadencia y el repunte.

Hubo, no obstante, destellos de renovación. Durante los años setenta se inició un ambicioso proyecto encaminado a lograr que los talleres funcionaran como una unidad autosuficiente capaz de manufacturar sus propios productos. Para ello, se colocaron dos hornos de fundición de hierro equipados con una línea de manejo de moldes de arena, se habilitó un área para la fabricación de bolas de acero para molinos y se instalaron modernos cortadores de oxiacetileno.

Sin embargo, el ocaso del gigante industrial fue ineludible. Acorde a las cambiantes condiciones del país, cuando iniciaron los procesos de privatización de las empresas paraestatales, la compañía enfrentó una asfixiante presión financiera. Esta crisis obligó al cierre del Almacén General y al desplazamiento de sus actividades, ya muy disminuidas, hacia la Mina de San Juan Pachuca. Ante la pérdida de mercados y la severidad del golpe económico, se liquidó al último reducto de personal, desmantelando sus entrañas mecánicas. De esta forma, en 1987, La Maestranza cerró sus inmensas puertas de manera definitiva, cayendo en un profundo y doloroso letargo.

El silencio y el abandono se apoderaron del complejo. Con el paso del tiempo, las naves industriales comenzaron a ser víctimas del vandalismo, sufriendo severos daños estructurales. A su vez, los terrenos aledaños que alguna vez fueron destinados por la empresa para las casas habitación de los trabajadores, fueron devorados por la especulación para ubicar desarrollos habitacionales. El polígono completo sufrió alteraciones constantes, cambios de propietarios, remates del Infonavit, e incluso, en 2019, existió un fuerte proyecto para sepultar la historia bajo un desarrollo comercial y habitacional.

Afortunadamente, el rescate de este patrimonio parece haber encontrado un nuevo cauce impulsado por dos grandes frentes. Por un lado, el imponente casco de los talleres fue adquirido por el grupo del Centro Universitario Metropolitano Hidalguense, institución educativa que se ha dado a la titánica tarea de recuperar las instalaciones con un estricto rigor histórico.

El desafío no ha sido menor: el recinto fue severamente vandalizado a lo largo de los años, al grado de que partes de su estructura original de acero fueron robadas con la intención de venderlas como chatarra. Esta rapiña, sumada al inexorable paso del tiempo que hizo de las suyas arruinando los tejados y pudriendo las estructuras de madera, ha exigido generar inversiones sumamente importantes para poder reestructurar y devolverle la vida a este majestuoso edificio.

Por otro lado, el vasto terreno que rodea a los talleres correrá con una vocación complementaria. En septiembre de 2024, la administración estatal encabezada por el gobernador Julio Menchaca Salazar confirmó la compra de estos polígonos aledaños con un fin diametralmente distinto. pero igualmente benéfico: la construcción de un gran parque.

El proyecto vislumbra dotar a Pachuca de pulmones verdes muy necesarios, integrando senderos peatonales, ciclovías y zonas de convivencia familiar y para mascotas.

Y aunque los retos económicos han obligado al gobierno del estado a reprogramar el inicio de la obra -proyectada originalmente para finales de 2025 o principios del presente año-, la voluntad de rescate espacial se mantiene firme.

Ante este panorama histórico y urbano, resulta imperativo destacar que, para los pachuqueños, la nueva vida de La Maestranza va mucho más allá de la suma de esfuerzos arquitectónicos y de obra pública. Significa enaltecer nuestra identidad, recuperar un eslabón fundamental de nuestra memoria minera e industrial y, sobre todo, comenzar a comprender que como ciudadanía debemos hacernos responsables de custodiar y honrar nuestra historia.

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