Sociedad

Más allá de los entrenamientos, la fe y la meta

Raúl Jiménez, de Comitán, ganador de los 100K del Transnavajas 2026


🖋 Casimiro Letrán

El frío de la montaña cala, tanto que se siente hasta los huesos, pero en la línea de salida el ambiente está que quema.

Nerviosismo en unos, ansiedad en otros, duda en algunos, esperanza en todos y en todas.

Se escucha la cuenta regresiva que retumba en el empedrado; los participantes de la máxima categoría, los 100 km, salen prácticamente capitaneados por Raúl, quien toma la delantera hombro a hombro con su compañera de equipo Yanin, ambos del Gimnasio Mundo Activo.

La carrera inició a las 8 de la noche. Minutos antes, el anunciador los había identificado entre la multitud y, a la par que los saludaba, se escuchó un presagio en el micrófono: “Allá están ya los competidores de Comitán, y seguro van a tener un podio”.

No se equivocó. Detrás de esa zancada firme hay un viaje de 13 horas en carretera desde Chiapas hasta Pachuca, donde hicieron campamento, y el peso de una rutina fuerte, dura. Detrás de esta historia, hay mujeres y hombres de carne y hueso y Raúl Jiménez es uno de ellos.

Raúl es tablajero de oficio. Su día a día no empieza en las pistas ni en los gimnasios, sino en la madrugada, corriendo por las calles y las veredas del cerro “Tío Beli”, el mismo que en sus faldas alberga la estatua de Don Belisario Domínguez. También hace gimnasio, no como él quisiera.

Su jornada transcurre dividiendo el tiempo entre el trabajo duro de la carnicería, los entrenamientos al alba, las tardes dedicadas a apoyar en el cuidado de sus hijos y las labores del hogar. Hoy, esa disciplina silenciosa vio coronado el esfuerzo de cuatro años de preparación constante, el último de ellos bajo la guía de un entrenador formal.

La travesía de los 100 kilómetros, los 100 k del Transnavajas 2026, fueron una batalla más allá de la montaña y los retos de una ruta que cimbró a muchos, a otros de plano los dobló. Entre senderos técnicos, rocas filosas y bajadas donde un paso mal dado puede terminar con todo. Raúl acarició el límite extremo: el frío inicial casi lo rinde en la parte alta de la sierra. Pero cuando el cuerpo parecía no responder, la fe y la memoria de su familia lo hicieron renacer. “Diosito, dame fuerzas porque me voy muriendo”, susurró en la penumbra. Y la fuerza llegó. Apretó el paso con el corazón ardiendo a tope, escalando posiciones y pasando como una exhalación, al grado de que sus propios rivales, incrédulos por su ritmo, pensaban que competía en una distancia menor.

Ya en casa de sus anfitriones, frente a un generoso plato de pasta, se da la charla entre amigos. Raúl reitera su propia sorpresa de saberse, sentirse y ser hoy el ganador de los 100K de la contienda. “No me lo puedo creer.

Después de las primeras horas, por ahí del kilómetro 55, iba en el sexto lugar, pero el sol vino a favorecerme: se me calentó el cuerpo y empecé a apretar el paso”, reflexiona entre risas y con el cansancio acumulado en las piernas. Remata con la firmeza que lo sostuvo en la montaña: “Solo pensé: vine de tan lejos como para no acabar siquiera la carrera”.

Al cruzar la meta como campeón de los 100 K, la sencillez y la gratitud tomaron el lugar del agotamiento. Dedicó el triunfo a su fe, a sus compañeros y amigos, a sus  patrocinadores —entre ellos su patrón, quien respalda su pasión por el deporte y su estilo de vida sano— a “mis hermanos y todos los que me han apoyado así sin más”, y sobre todo a su motor principal: su esposa Rosi, pilar fundamental para la preparación de sus dietas, y sus tres pequeños, Sofía de 9 años, Alan de 8 y Santiago de tan solo 2.

Con la medalla en el pecho y la cima del podio conquistada, Raúl solo piensa en el premio verdadero: regresar a casa, abrazar a los suyos y decirles que todo el esfuerzo valió la pena.

Raúl vino a Hidalgo con algo más que un sueño, una promesa, un logro deportivo, llegó a los senderos de la Sierra de las Navajas para dejarnos su mensaje, el mismo que pensó, antes de escuchar el cero de la cuenta regresiva: “Que nos vaya bien a todos”

Da gusto verlo sonreír, es un niño adulto que goza de la vida y que hoy entre el deporte y la familia, comparte sus metas, objetivos y sí, sus sueños, los que le acompañan cada madrugada en la que se levanta para seguir adelante en la carrera por la vida.

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