Un auténtico médico humanista: Mario Miranda Lamadrid

• Ginecólogo de profesión y un hombre sumamente profesional, ha dedicado su vida a cuidar de la salud de las pachuqueñas
🖋 Verónica Bracho Alburquerque
¿Qué mujer en Pachuca no conoce al extraordinario médico especialista Mario Miranda Lamadrid? Me atrevería a decir que 85% de nosotras lo conocemos o hemos escuchado hablar de él.
Ginecólogo de profesión y un hombre sumamente profesional, ha dedicado su vida a cuidar de la salud de las pachuqueñas. Pero, ¿quién es el ser humano detrás de la bata blanca? Ese que solemos ver solo en el clásico chequeo anual, cuando surge un problema de salud, o al buscar su guía para recibir a un hijo o a un nieto.
La historia de Mario Miranda comienza en un rancho de la Colonia Morelos, en el municipio de Mixquiahuala, Hidalgo. Ahí nació sin la asistencia de un médico ni de una partera, pues su madre se encontraba sola en ese momento.
Provino de una familia nuclear formada por el padre, la madre y nueve hermanos. Desde pequeños, todos tenían tareas asignadas en casa y ayudaban en las faenas agrícolas a su progenitor. Para asistir a la escuela, él tenía que caminar cuatro kilómetros diariamente. Su padre siempre les inculcó la importancia del estudio, y gracias a ello, hoy son profesionistas.

Cursó la secundaria y la preparatoria en Mixquiahuala, Hidalgo, y posteriormente se trasladó a la capital del estado para iniciar la carrera de medicina. Más tarde, se mudó a la Ciudad de México para concluir sus estudios en la UNAM, ya que en aquella época (1971) era necesario migrar a la capital del país para culminar la profesión.
Al preguntarle cómo nació su vocación por la medicina, el doctor Mario nos platica con entusiasmo que siempre tuvo el deseo de apoyar a la gente y trabajar por el bien común. Su verdadera inspiración fue su madre, quien atendía una tienda de abarrotes a la que solían llegar personas enfermas.
De manera empírica, ella les preparaba pócimas o purgas, y administraba antibióticos y sulfas. También controlaba la fiebre con lienzos de agua fría, hojas de un arbusto llamado fraile o papel impregnado con manteca de cerdo, además de usar perlas de éter. En el aspecto psicológico, su madre escuchaba a la gente y hacía suyos los problemas familiares de las mujeres del pueblo.
El doctor también recuerda que durante su adolescencia eran muy famosas las radionovelas. Había una llamada San Martín de Porres; al escucharla, la calidad humana de este santo lo conmovió tanto que se convenció de que su destino era el sacerdocio.
Con esa idea, se convirtió en monaguillo para asistir al padre Javier Hernández, un hombre que ejercía su vocación con absoluta dignidad y humildad. Al ver este interés, su padre le sugirió que lo pensara bien, recordándole que existían otras profesiones para ayudar al prójimo sin necesidad de recluirse en una iglesia. Poco tiempo después, el natural interés por las chicas terminó por corroborar el consejo sabio de su padre.
A los 17 años, un encuentro fortuito definió su rumbo: una mañana encontró a un perro callejero herido que estaba a punto de perder una oreja. Sin pensarlo, corrió al costurero de su madre, tomó hilo y aguja, y por puro instinto suturó al animal. Esa fue su primera cirugía y el gran descubrimiento de su proyecto de vida.
Con el transcurrir de los años, una de sus prácticas médicas lo llevó al estado de Nayarit. Fue ahí donde conoció a su esposa, Priscila García Ruvalcaba, con quien comparte 49 años de matrimonio y procreó cuatro hijos. Hoy en día, todos ellos están casados y eligieron caminos profesionales distintos a la medicina: Comunicación, Ciencias Políticas, Relaciones Internacionales y Derecho.
Actualmente, con 74 años de edad y 45 de trayectoria profesional, nos comenta que guarda cientos de anécdotas; vivencias que van desde lo chusco hasta lo preocupante, pero que siempre le dejan la profunda satisfacción y el recuerdo de haber cumplido con su labor altruista.
Hablando de altruismo, el doctor Mario Miranda ha regresado a su tierra natal para encabezar jornadas de salud totalmente gratuitas, coordinando a un gran equipo de especialistas que realiza desde consultas hasta cirugías complejas. A la par de su labor social, destaca su brillante trayectoria profesional: ha sido presidente de congresos de ginecología, titular de comités médicos, autor de artículos científicos y obtuvo el primer lugar en el concurso de carteles del Congreso Mexicano de Ginecología y Obstetricia en 2008.
Más allá de la medicina, Miranda Lamadrid dedica sus escasos tiempos libres al arte. Desde la adolescencia demostró una gran habilidad para la pintura, al grado de plasmar en los murales de las mamparas de la secundaria de Mixquiahuala una obra dedicada a los Juegos Olímpicos de 1968. A continuación, les compartimos algunas de sus creaciones; cabe destacar que su pasión por este arte es tal, que incluso atesora en su colección un cuadro original de José Clemente Orozco.


Viajar es otra de sus grandes gustos; a bordo de tres cruceros ha recorrido varios lugares del mundo, visitando Sudamérica, Europa y China. Estas travesías, junto con su amor por el arte y sus raíces familiares, se respira en cada rincón de su bella casa. Entre los detalles que capturan la atención, destaca un horno de gran tamaño en su cocina; una réplica exacta de uno que conoció en Argentina -donde disfrutó de ricos cortes de carne- y que él mismo diseñó para su hogar.
Actualmente, el doctor Mario plasma estas y muchas otras vivencias en un libro que llevará por título “Reflexiones y anécdotas”.
Al adentrarnos en sus preferencias personales, nos comparte que su color favorito es el azul; su platillo predilecto, los cortes de carne; su bebida, el vino tinto; su pintor más admirado, Vincent van Gogh, y su escritor de cabecera, Gabriel García Márquez.
El doctor Mario Miranda nos abrió con generosidad las puertas de su casa y de su persona. En lo personal, me congratulo de conocerlo desde 1990; es una de las pocas personas a las que admiro profundamente por su brillante trayectoria, sus conocimientos y su inmensa calidad humana. Como muestra de su incansable curiosidad intelectual, recuerdo gratamente cuando conversamos sobre una enfermedad inmunológica muy extraña. Para mi sorpresa, él, siendo ginecólogo, la conocía a la perfección y me explicó detalladamente lo que reumatólogos e internistas -cuyo ámbito correspondía a dicha patología- desconocen.
Contar con un hombre y un profesional de su talla es un verdadero lujo para las familias hidalguenses. Es un honor conocerlo. ¡Hasta la próxima!






