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El municipio libre… pero pobre

El ámbito de gobierno más cercano a la gente es también el que tiene menos recursos para responder. En México, la autonomía municipal existe en la Constitución, pero no en las finanzas públicas


🖋 José Luis Guevara

El municipio es la base del Estado mexicano. Al menos, así lo establece el artículo 115 de la Constitución: un municipio libre, con autonomía para gobernarse, administrar su hacienda y prestar los servicios públicos más cercanos al día a día de las personas.

Pero entre lo que dice la carta magna y lo que ocurre en la realidad hay una gran diferencia: el municipio mexicano es libre… pero también es pobre.

El municipio es responsable de cosas tan cotidianas como el alumbrado público, el agua potable, la seguridad preventiva, el mantenimiento de las calles, los mercados, los panteones o la recolección de basura. Es decir, de aquello que más impacta la vida diaria de las personas. Sin embargo, es también el nivel de gobierno con menos recursos y con menor capacidad institucional.

En México existen 2,462 municipios, de acuerdo con el Instituto Nacional para el Federalismo y el Desarrollo Municipal (Inafed). Son el ámbito más próximo del Estado para los ciudadanos —la primera puerta que tocan para resolver sus problemas—. Pero esa cercanía es proporcional a su gran fragilidad financiera.

Según el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), alrededor del 73% de los ingresos de los municipios proviene de transferencias federales y estatales. Dicho de otra forma, tres de cada cuatro pesos que gastan los ayuntamientos no los recaudan ellos mismos. En más de la mitad de los municipios del país, esa dependencia supera incluso el 90% de sus ingresos.

El rezago también se observa en la capacidad recaudatoria local. De acuerdo con la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), el impuesto predial en México equivale a alrededor del 0.2% del PIB, mientras que el promedio de los países de la OCDE ronda 1% del PIB. En resumen, los países con los que competimos y a los que queremos emular recaudan cinco veces más impuesto predial que México.

Así las cosas, el gobierno más cercano a la gente es también el que tiene menos medios para resolver sus problemas y los de quienes habitan en él.

No se trata de quitar responsabilidad a presidentes municipales “chafas” y ayuntamientos incompetentes. Por supuesto que los hay y no tienen justificación. Pero también hay muchos buenos que, simplemente, no pueden dar los resultados que la ciudadanía espera porque el problema es estructural. Incluso haciendo las cosas bien, el modelo actual vuelve casi imposible dar los resultados que la gente necesita y con todo derecho exige.

Por eso, cuando recorremos muchos municipios, la frustración es visible. Basta salir a la calle para encontrar baches por todos lados, luminarias que no funcionan, servicios públicos de baja calidad y parques abandonados. Incluso problemas que creíamos superados han resurgido. Ejemplo de ello es la gran cantidad de perros en situación de calle, que al tiempo se convierten en jaurías que ponen en riesgo a transeúntes y a los propios canes, un fenómeno del pasado que vuelve a ser parte del paisaje cotidiano en muchas ciudades del país.

El diseño fiscal mexicano explica buena parte de esta debilidad. Desde la creación del Sistema Nacional de Coordinación Fiscal en 1980, la mayor parte de los ingresos tributarios se concentra en la federación. El resultado es una estructura profundamente centralizada que debilita al municipio. Lo que en su tiempo se planteó como un mecanismo de coordinación terminó convirtiéndose en un esquema de dependencia.

Si queremos municipios capaces de ofrecer servicios públicos dignos, el país tendrá que abrir una discusión seria sobre el fortalecimiento de las finanzas locales. Eso implica modernizar catastros, mejorar la recaudación del predial y revisar los incentivos del pacto fiscal.

Fortalecer a los municipios no significa debilitar a la federación ni a los estados. Significa equilibrar responsabilidades y recursos en el nivel de gobierno más cercano a la ciudadanía.

¿De qué sirve un municipio libre si no tiene los medios para ejercer esa libertad? Mientras esa contradicción persista, el municipio mexicano seguirá siendo lo que hoy es: la base del Estado en el discurso… y su eslabón más débil en la realidad.

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