Pachuca se pinta de azul y blanco

• Más allá de los goles, lo que observamos en la liguilla del futbol mexicano es un fenómeno de identidad y cohesión social
🖋 Verónica Bracho Alburquerque
Pachuca no es la misma cuando hay liguilla. Se nota en el tráfico de la avenida Juárez, en las camisetas que se ven en los puestos de comida y en la conversación obligada en cada café: los Tuzos están de vuelta en una semifinal.
Tras eliminar al Toluca, el equipo de casa se prepara para enfrentar a los Pumas de la UNAM, despertando una euforia que la capital hidalguense no sentía en años. El “Huracán”, comandado por Esteban Solari, recibirá a una de las aficiones más ruidosas del país.
MEMORIA HISTÓRICA DEL JUEGO DEL FUTBOL
Es muy importante resaltar que el juego de pelota inició en las culturas mesoamericanas como un ritual, era una bola de caucho pesada que representaba el movimiento de los astros y la lucha entre la luz y la oscuridad.
1900: EL INICIO DE UNA ERA
Ese hilo histórico encontró un nuevo cauce en el siglo XIX con la llegada de los mineros de Cornualles. Sin embargo, fue en el año 1900, en el patio de la Mina del Dolores, en Real del Monte, a 2 mil 760 metros sobre el nivel del mar, envuelto en la neblina característica de nuestra montaña, cuando las botas inglesas tocando el balón marcaron un hito sin precedentes: el nacimiento formal del futbol organizado en México, siendo así el primer lugar del continente americano en el que se jugó este deporte.
Lo que comenzó como un esparcimiento entre técnicos ingleses y trabajadores locales, terminó por fundar al Pachuca Athletic Club, convirtiendo a nuestra tierra, por derecho propio, en la cuna del futbol.
EL ENTUSIASMO ACTUAL
Hoy, 126 años después de aquellos encuentros en las minas, ese mismo espíritu resurge. La semifinal contra los Pumas de la UNAM ha vuelto a pintar las calles de azul y blanco. Pero más allá de los goles, lo que observamos es un fenómeno de identidad y cohesión social. En las gradas del “Huracán” las diferencias cotidianas y clasistas se borran bajo un mismo grito. Tras tres años de espera para volver a estas instancias, la ciudad no solo busca un trofeo; busca reconocerse en su historia de éxito y resiliencia.
MÁS ALLÁ DE LA CANCHA
Vivir una semifinal en Pachuca es honrar el sincretismo de nuestra cultura: el ritual de nuestros antepasados y la estancia de los mineros ingleses.
Este jueves, cuando ruede el balón, no solo estaremos viendo un partido; estaremos presenciando la vigencia de un legado que comenzó en los patios mineros y que hoy sigue siendo el motor que acelera el corazón de nuestra ciudad y que próximamente será el mismo motor que acelerará los corazones del planeta con el Mundial 2026, en el que México será uno de los países organizadores.
Ganar o perder es parte del deporte, pero el orgullo de ser la cuna de este fervor es un triunfo que nadie nos puede quitar.
“¡Vamos, Pachuquita la bella!”, como dice mi hijo Aldo.






