El fin del mundo cada dos días

PONGAMOS TODO EN PERSPECTIVA. Cuando Donald Trump salió a decir que “toda una civilización morirá” si Irán no cedía, hablaba de arrasar con miles de vidas. El gran problema es que lo hizo con la ligereza de quien publica un anuncio de campaña entre un meme y una noticia trivial
🖋 Carlos Villalobos
Hace poco no estuvimos realmente al borde del abismo, pero sí frente a un espejo que nos devuelve una imagen bastante más inquietante: la de la propia insensibilidad de nuestra realidad.
Cuando Donald Trump salió a decir que “toda una civilización morirá” si Irán no cedía, hablaba de arrasar con miles de vidas. El gran problema es que lo hizo con la ligereza de quien publica un anuncio de campaña entre un meme y una noticia trivial. Ahí es donde deberíamos detenernos, porque lo que ocurrió en las horas posteriores, el repliegue, la bajada de tono y el silencio administrativo, ya nos lo sabemos de memoria.
Es el guion de una época donde la amenaza máxima y la tensión global son solo el preludio de una pausa que nos deja con el pulso acelerado pero las manos vacías.
Lo que presenciamos fue la demostración de “poder”, más narrativo que bélico, en tiempo real. Hoy la geopolítica ya no se juega únicamente en los mapas o en las fronteras físicas, sino en el terreno pantanoso de la percepción. El ganador no es necesariamente quien posee el arsenal más vasto, sino quien logra instalar la idea de que es capaz de usar hasta la última de sus armas, obligando al adversario a pestañear primero.
En este tablero de ajedrez mediático, lo de Trump fue un movimiento más encaminado a medir las aguas y revelar las verdaderas intenciones de aliados y contrincantes. Mientras desde Washington se discutía con términos apocalípticos, desde Teherán la respuesta fue fría y calculada; uno gritaba para la tribuna, el otro administraba el tiempo, demostrando que, en la era de la hipercomunicación, el silencio y la resistencia pueden ser herramientas mucho más afiladas que cualquier tuit incendiario, o en este caso, un posteo en Truth Social, la red social del presidente norteamericano.
Vivimos en una realidad donde el impacto ha devorado por completo a la consecuencia, es el simulacro del simulacro, una declaración puede desplomar mercados y poner a temblar a las cancillerías del mundo en cuestión de minutos, aunque al final no pase absolutamente nada. El poder parecería que se define hoy como esa capacidad casi mágica de hacer que lo improbable parezca inminente, manteniéndonos en un estado de alerta permanente que, paradójicamente, termina por anestesiarnos.
El verdadero riesgo de este ciclo eterno de catástrofes anunciadas no es solo que alguien finalmente apriete el botón, sino que nos acostumbremos a escuchar que planean hacerlo. El peligro real es la normalización de un lenguaje que bordea lo genocida, integrándolo al repertorio político cotidiano hasta que deje de escandalizarnos.
Si permitimos que el anuncio de la destrucción de una civilización sea algo que simplemente comentamos mientras seguimos deslizando la pantalla, habremos perdido algo fundamental. Tal vez por eso lo de ayer no se sintió como la crisis existencial que ameritaba; no porque el evento fuera menor, sino porque llevamos demasiado tiempo habitando esta lógica donde todo parece extremo, pero nada termina de cuajar, como ya hemos apuntado desde espacio en bastantes ocasiones.
En este escenario, la guerra también se consume, y la realidad deja de ser lo que ocurre para convertirse apenas en el eco de lo que se dice que podría pasar. Al final del día, si el mundo se acaba todos los lunes, para el miércoles ya nadie se acuerda de qué color era el fuego.






